viernes, 23 de agosto de 2013

"Ya sé cuál es la parte mala de la vida: los demás."
Dilbert (Scott Adams)

lunes, 24 de junio de 2013

en conserva - there is no why

Hay cosas viejunas que escribí hace tiempo y que no me importaría rescatar, así esto no estará tan muerto. Como cuando colaboré, poniendo por escrito mis paranoias variadas, en unos cuantos números de la maravillosa Carpaccio Magazine, el proyecto de las chicas de Ubicuo Studio. A continuación, una sarta de idioteces relativamente inconexas que data de abril de 2009:


Es bueno ver documentales, porque luego puedes decir a los demás que, de hecho, ves documentales, que es algo que siempre te hace quedar bien. Unos meses atrás pude disfrutar, poco antes de que ganara el Oscar, de Man on wire, una cinta de James Marsh que trata sobre la locura del funambulista francés Philippe Petit, el hombre que tendió un cable entre las dos azoteas de las Torres Gemelas para luego caminar sobre él durante cuarenta y cinco minutos, a más de cuatrocientos metros sobre la calle. El proyecto requirió de mucha ayuda externa y seis años de planificación, y desde luego el héroe acabó en comisaría. Me gustó bastante la historia, pero la gente que arriesga su vida de esa manera siempre me ha dado mala espina.

En la lista de cosas que siempre me han dado mala espina, además de los artistas circenses, uno de los primeros puestos lo ocupan los gatos, y creo que si pudiera rastrear esa desconfianza (probablemente mutua) hasta su origen, encontraría al final del camino El libro de los por qué, del pedagogo y escritor para niños italiano Gianni Rodari. En su portada, un sonriente felino con interrogantes en lugar de ojos devoraba un libro con pasión, pero lo realmente inquietante estaba en el interior: un montón de preguntas, formuladas por niños, que el autor respondía de forma paciente pero no precisamente muy lógica. Y es que el tipo tenía inventiva, de eso no cabe la menor duda, pero también está claro que se le acababa rápidamente, pues tan pronto respondía una pregunta de la forma más imaginativa y descabellada posible, como a la siguiente recurría a aburridas y confusas explicaciones científicas que ningún niño podría entender y, en el peor de los casos, cuando se quedaba en blanco, se sacaba de la manga una cancioncilla sin pies ni cabeza, a ver si con suerte el lector no se daba cuenta de que, al terminar de recitarla, la cuestión no había sido respondida. En alguna ocasión llegaba a tachar de egoísta o antisocial al niño que formulaba la pregunta (¿que por qué tu madre tiene que ir a trabajar cada día? ¡deja de lloriquear y ponte a hacer los deberes, que aún todavía te quedarás sin cenar! ¿que te componga una canción sólo para ti? ¡vale, pero que luego no te extrañe si los demás niños pasan de ti!). Súmale a eso el hecho de que el escritor se las apañase para dejar claro a cada página, sin motivo aparente, su odio irracional hacia los proverbios y su desprecio por los asnos, y el resultado es un señor aparentemente bastante psicótico. En cualquier caso, resultaba bastante difícil encontrar una respuesta verdadera a la mayoría de las decenas de ‘por qué’ que poblaban el libro.

Pero incluso Bill Bryson, cuando intenta enseñar ciencia al mundo entero desde las páginas de su enorme libro (y digo enorme en todos los sentidos) titulado Una breve historia de casi todo, se encuentra en situaciones de las que sólo puede escapar con un 'porque sí'. Por muchos microscopios que se usen y muchos científicos que se consulten, hay cosas que no se pueden entender. Y si un británico no se ve capaz de explicar física cuántica para todos los públicos, tampoco vamos a negarle a un italiano su derecho a responder con una rima estúpida cuando un niño le pregunta por qué los mayores tienen siempre razón, aunque bien fácil que sería un simple "no, no siempre la tienen". John Lennon, por su parte, debió quedarse bien a gusto cuando escribió "semolina pilchard climbing up the Eiffel Tower". Le habían dicho que un profesor mandaba a sus alumnos analizar las letras de las canciones de los Beatles en busca de significados ocultos, así que compuso I am the walrus de manera que no hubiera absolutamente nada que descifrar. Después, dijo que no hay que tomárselo todo al pie de la letra, ni buscarle un significado, o un por qué. Creo que lo que yo quiero es reivindicar algo parecido, en cierto modo. Un crítico de cine, escribiendo sobre el documental del funambulista francés, se quejaba de que el director no hubiese aprovechado el simbolismo potencial de la hazaña. Resulta francamente difícil, al menos cuando no hay ningún simbolismo intencionado. En la propia cinta, un periodista le pregunta a Philippe Petit por qué lo hizo, por qué se jugó la vida de aquella manera. Y Petit simplemente responde: "there is no why".

Por lo visto hay personas que, cuando les preguntan "por qué", se descuelgan a cuatrocientos metros de altura, componen una cancioncilla para niños o se autoproclaman la morsa. Y ni se te ocurra buscar una razón para ello. Creo que ya ha quedado bastante claro.

viernes, 24 de mayo de 2013

atenas analógica

Ahora que las chicas de unlovablesss me han enganchado al arte de dejarme los cuartos en carretes y revelados (podéis ver mis humildes aportaciones indias a su causa en forma de desayuno y de mini-álbum), he decidido rescatar de las profundidades de mi ordenador una selección de las fotos que hice durante mi cuatrimestre de estudios en Atenas, entre marzo y junio del 2012. Están tomadas con una Olympus [mju:]-1 que heredé (y, en esta ocasión, heredar no es exactamente un eufemismo de robar) de mi hermana. Lo que tiene Grecia es que da igual el talento del fotógrafo (nulo) o la calidad de la cámara (muy apañada): si apuntas y disparas, el resultado va a ser maravilloso, y punto. Esta es mi particular Atenas analógica (click para ver en grande - el resto después del salto).

Este sitio no debía ser muy conocido, porque no había mucha gente y nunca había oído hablar de él.

miércoles, 22 de mayo de 2013

- Una pregunta final estúpida como premio a tus respuestas: ¿Lennon o McCartney?
- 
La responderé con una anécdota. Cuando llevaban a Woody Guthrie en ambulancia al hospital, poco antes de su muerte, le preguntaron a qué religión pertenecía. El enfermero tenía que cumplimentar un impreso. Respondió que a todas. Entonces el enfermero le recordó que era una pregunta oficial. Su respuesta final fue: todas o ninguna.

(De la entrevista a Robert Harrison, compositor, guitarra y vocalista de Cotton Mather, en la revista Ruta 66, 2002)

martes, 7 de mayo de 2013

"-Comprendo -dije, sin comprender absolutamente nada."
Marco Stanley Fogg (El Palacio de la Luna, Paul Auster)

martes, 30 de abril de 2013

planilandia

En ese paraíso de papel que es la saga de Thursday Next, el gran Jasper Fforde describe Planilandia como la última idea genuinamente original en el mundo de la literatura. Ni quiero ni puedo rebatirle, y lo maravillosamente trágico del asunto es que Edwin A. Abbott escribió esa obra hace 129 años. Si lo primero que yo hubiera sabido de Planilandia es que es el título del último disco de Lori Meyers, probablemente nunca hubiera querido leerlo (efectivamente, en los registros de prejuiciosos gilipollas, me salgo de las tablas) pero afortunadamente no era el caso.

Planilandia me fascina, principalmente, porque es la primera novela que leo en mi vida que transcurre en un mundo fundamentalmente diferente al nuestro. Todos, absolutamente todos los libros que he leído en mi vida tenían algo en común: transcurrían en uno o varios escenarios, y todos ellos eran espacio. Eran espacio tridimensional. Con personajes tridimensionales. Todo en ellos era, al menos, mentalmente representable. Podría llegar a ser. Y de repente, un plano.

Planilandia es un reino (o mundo, o realidad) en el que sólo existen dos dimensiones, habitado por líneas rectas (mujeres), y polígonos y círculos (hombres) que coexisten en el mismo plano, tan vivos y tan reales como cualquier personaje de cualquier otro libro. El narrador y protagonista, un humilde cuadrado equilátero, convierte la primera mitad del libro en todo un tratado sorprendentemente exhaustivo y ameno sobre su mundo, sus leyes físicas, sus habitantes, su existencia plana y su sociedad atrofiada. Contundente en su clasismo y deliciosamente misógino, es imposible no encariñarse con un monstruo tan satírico, que nos respeta con loca devoción a nosotros, lectores, oh seres tridimensionales infinitamente superiores a él. Y sabe de nuestra existencia porque en la segunda mitad del libro (en la que, de hecho, empiezan a ocurrir cosas), al cuadrado le esperan una serie de viajes, algunos oníricos, otros reales, tan inesperados como la visita sorprendente y absurda que cambiará para siempre su percepción de su mundo, del nuestro y bueno, de la vida, el universo y todo lo demás.

He leído por ahí, que el libro puede resultar difícil de entender para cualquiera que no tenga unas mínimas nociones de matemáticas en general y de geometría en particular, pero lo que se dice en este libro es tan básico que si no lo entiendéis, amigos, creo que el problema es vuestro y no de vuestra formación. Sencillo, breve, brillante y multidimensional, Planilandia es un libro tan redondo (o tal vez debería decir "esférico") que casi hasta asusta. Y encima, si me apuras, aprendes.

"El tacto y la habilidad necesarios para eludir el aguijón de una mujer no bastan para completar la tarea de cerrarle la boca; y como la esposa no tiene absolutamente nada que decir, y absolutamente ninguna traba de ingenio, sentido común o conciencia que le impida decirlo, no pocos cínicos han llegado a asegurar que prefieren el peligro del aguijón inaudible y mortífero de la mujer a la firme sonoridad de su otro extremo."
Planilandia (Edwin A. Abbott) 

jueves, 11 de abril de 2013


Catorce años y medio.
Textos lacrimógenos sobre perros ya hay muchos en internet.
No des mucha guerra, Nero.

martes, 9 de abril de 2013

sirve cualquier cosa

Eres hija de artista, actúas, cantas y vas a sacar un disco. Y como además eres mona, quieres que tu cara sea el reclamo de la portada. Da igual que tu trabajo sea bueno, que tiene que entrar por el ojo. El problema es que creas que sirve cualquier cosa. Puedes intentar poner cara de seductora chabacana y parir una carátula digna de Britney Spears, o puedes hacer algo decente con un mínimo de estilo y buen gusto. Será más fácil si lo resumo con un par de ejemplos visuales. Ambos discos son más que decentes, pero...

Así no, señorita Laurent:



Así sí, señorita Auster:

sábado, 9 de febrero de 2013

"Hace siglos, los marineros en los viajes largos solían dejar una pareja de cerdos en cada isla desierta. O bien dejaban una pareja de cabras. En cualquier caso, en sus visitas futuras, la isla los aprovisionaría de carne. Se trataba de islas prístinas. En ellas vivían razas de pájaros que no tenían depredadores naturales. Razas de pájaros que no vivían en ninguna otra parte de la Tierra. Sin enemigos, las plantas que había allí evolucionaban sin espinas ni veneno. Sin depredadores ni enemigos, aquellas islas eran paraísos.
La siguiente vez que los marineros visitaban las islas, solamente encontraban manadas de cerdos o de cabras.
Ostra está contando esta historia.
Los marineros llamaban a esta práctica 'sembrar carne'.
Ostra dice:
-¿Os recuerda esto a algo? ¿Tal vez a la vieja historia de Adán y Eva?
Mira por la ventanilla del coche y dice:
-¿Os preguntáis a veces cuándo va a volver Dios con un montón de salsa barbacoa?"

(Nana, Chuck Palahniuk)

miércoles, 30 de enero de 2013

doce

Hola.

Ha pasado un año.
Y vaya año.

Nunca he sido muy dado a la retrospección ni a los balances anuales. En realidad, si echo la vista atrás, creo que es algo que hasta ahora sólo había hecho en una ocasión. Pero tampoco soy muy dado a tener buena memoria así que, por una vez, no está de más poner por escrito algunas de las cosas que han pasado en los últimos doce meses. En esta ocasión, vale la pena. Para mí, quiero decir.

- El año arranca con dos meses sabáticos. Tras terminar mi estancia en prácticas en la edición de 2011 de La Cabina, y con todo el tiempo libre del mundo por delante, me dedico a cosas tan variadas e improbables como estrenar cámara, finiquitar la trilogía original de la saga de La Fundación de Asimov, asistir a un maravilloso Ultrashow de Miguel Noguera, visitar el Bioparc Valencia con mi sobrino como guía, escribir la crónica de un concierto de Sr. Chinarro, ver Sonrisas y lágrimas en el teatro, recibir a mi querida wife y enseñarle la ciudad y escucharle decir como te mueras, te mato ante mi inminente marcha a una Atenas por entonces casi en llamas o, ya en Madrid justo antes de abandonar el país, ver un pedacito de historia de la astronáutica en una fascinante exposición de la NASA en cuyo simulador experimento una fuerza de 2G.

- El 1 de marzo a eso de las cinco de la tarde aterrizo en Grecia, donde pasaré cuatro meses. Una huelga de transporte público, la lluvia, una guía kamikaze que pretende que la siga, cargado con mi maleta, mientras ella cruza las calles sin prestar atención a los semáforos ni a nuestras vidas y el hotel más decrépito que he visto en mi vida no conforman lo que se suele llamar un buen comienzo, pero dan paso a cuatro de los meses más espectaculares de mi vida. Ya que estoy allí, aprovecho y visito Meteora, Parga, Delphi, Dilesi, Creta, Santorini e Hydra. Atenas se convierte en mi primera ciudad adoptiva y un trozo de otroscomoyo se queda para siempre admirando las vistas desde el balcón del octavo piso del hotel Filoxenia, near Larissa Station in Acharnon Street (there is a small place, somewhere in Greece).

- El 27 de junio aterrizo de nuevo en España, y me quedo un par de días en Madrid para reencontrarme con la piñosa y algunos compañeros de la universidad con los que ver un concierto de los Punsetes en una azotea de Móstoles (donde descubrimos, de paso, a Felón y su Mierdofón). Me monto en un AVE a Valencia y allí me quedo siete semanas, el tiempo justo para reencontrarme con todo el mundo, volver a colaborar temporalmente en el único festival internacional de mediometrajes del mundo, recibir una visita de las polacas, tramitar visados y comprar nuevos billetes de avión. Entre tanto, aprovecho para aprobar el último examen de mi carrera. Ya está, soy un licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas. No me siento diferente, sólo un poco más tranquilo y viejo. Ya puedo emigrar. Y eso hago.

- La madrugada del 16 de agosto despego rumbo a la India y doce horas después aterrizo en Bombay. Cuatro meses más. Veo vacas por las calles, camiones de colores, cuervos, dioses con cabeza de elefante arrojados al mar, un monorraíl, cuevas y cascadas, rascacielos y chabolas, leones en libertad, templos y fuegos artificiales. Fumo en shisha, monto en rickshaw, masco paan, me asomo por puertas abiertas de trenes en marcha y cruzo vías, bebo chai, almuerzo samosas, meriendo panipuri y me pongo de pie en los cines cuando suena el himno del país. Hago cincuenta y seis horas de tren en cuatro días y medio, y paso por Gujarat, Goa, Diu, Rajasthan y Delhi. Visito el Taj Mahal, me paseo por los lagos donde se rodó Octopussy, veo diez películas en seis días en un festival de cine y aprendo un par de recetas con Sergi Arola. Quedo eternamente agradecido a mi hermana y mi cuñado por lo que han hecho por mí. Encuentro un trabajo. Provisional, pero de lo mío. Y pagado.

- El 20 de diciembre por la mañana me convierto en turrón y aterrizo en Valencia. Familia, navidad, bares, aceras y pasar frío son cosas que en Bombay he echado un poco de menos. El año termina, como manda la tradición, al calor de la chimenea de cierto chalet en las afueras de Moncada, y el balance final refleja: ocho meses en el extranjero, tres países, gente nueva, gente vieja, un título universitario, un trabajo, la promesa de volver a la India (desde donde, de hecho, estoy escribiendo esto) y la absoluta certeza de que el 2013 lo tiene muy, pero que muy jodido si aspira siquiera a acercarse a lo que ha sido el 2012.

A ver si me equivoco.

miércoles, 8 de febrero de 2012

catorce

Han pasado catorce semanas desde que aparecí por aquí por última vez, y lo último que dije fue:

“Igual muero, quién sabe. Si no se da el caso, seguiré informando”.

No se ha dado el caso, así que aquí estoy. No aquí por mucho tiempo, de todos modos. Tal día como hoy dentro de tres semanas saldré rumbo a Madrid, para llegar veinticuatro horas después a Atenas, donde, si todo marcha según lo previsto, viviré durante los siguientes cuatro meses. A experimentar, si hacemos caso a los medios de comunicación, el colapso del capitalismo en primera fila. Un rollo muy Tyler Durden.

Eso mirando adelante. Mirando atrás, durante estos últimos dos meses y medio he terminado mi estancia en prácticas, he fallado en mi primera participación en el NaNoWriMo, me he enganchado al chai latte, he seguido amando mi Kindle y a Thursday Next, he descubierto a Miguel Noguera, he ido a un concierto de Sr. Chinarro y lo he contado, y he llevado a revelar, con mucho retraso, las fotos que hice en Sitges con la Konica C35 EF que me prestó mi hermano. El resultado está a medio camino entre lo gore, lo retro y lo kitsch… es decir, puro festival de Sitges. Me gusta especialmente la última, un momento mágico, pillado de rebote, muy detrás-de-las-cámaras.











martes, 1 de noviembre de 2011

nanowrimo

Hoy es uno de noviembre, aunque tal vez te parezca una afirmación atrevida si miras por la ventana o sales a la calle, con ese sol y esas temperaturas. El caso es que es uno de noviembre, maldito sea el clima de agosto, y eso significa que hoy da comienzo la decimotercera edición del NaNoWriMo, que viene a ser el acrónimo de National Novel Writing Month, una iniciativa tan absurda como divertida que consiste en tratar de escribir una novela de al menos cincuenta mil palabras durante el mes de noviembre. Y ya está, no hay más.

Habrá quien piense que es una tontería enorme y una pérdida de tiempo, a quien no le atraiga lo de que prime la cantidad sobre la calidad o que el único premio sea la satisfacción de superar un reto autoimpuesto. Pero no sé, a los que somos fáciles de convencer nos resulta más que suficiente. Se coge una idea vaga como "algún día me gustaría escribir un libro", se le pone un nombre rimbombante, se oficializa con un poco de gracia y una página web y de pronto te encuentras con un proyecto de más de una década de vida y que en su última edición tuvo doscientos mil participantes, treinta mil de los cuales completaron sus respectivas treinta mil novelas. No está mal, ¿eh? Bravo, internet.

No conocí el NaNoWriMo hasta el año pasado a mediados de noviembre, cuando ya era imposible participar sin despedirse para siempre de la cordura, por lo que lo dejé estar. Así que, por supuesto, este año sí voy a participar. He empezado esta tarde, en realidad. Este año va a ser más difícil de lo que hubiera sido el pasado o el anterior, pero puesto que ya estoy empezando a dar por perdido una vez más el desafío de los cincuenta libros, no está de más tener otro proyecto en el que depositar mis esfuerzos.

Para hacerlo más divertido/estúpido/frustrante/torturador, he decidido hacer ayuno de ocio más allá del papel: nada de series ni cine en noviembre (me veo obligado a especificar series y cine porque el viernes 18 sale a la venta The Legend of Zelda: Skyward Sword y dudo que sea capaz de privarme de eso). De forma que, en teoría, durante lo que resta de mes dividiré mi tiempo entre necesidades fisiológicas (dormir, comer y, bueno, esas cosas desagradables que implica necesariamente comer), necesidades académicas (mi estancia en prácticas en el festival de mediometrajes La Cabina, ¡viva!) y necesidades nanowrimísticas (escribir y leer, exclusivamente).

Igual muero, quién sabe. Si no se da el caso, seguiré informando.

miércoles, 12 de octubre de 2011

"No estoy loco, simplemente... bien, soy moralmente diferente, eso es todo."
Acheron Hades (El caso Jane Eyre, Jasper Fforde)

jueves, 6 de octubre de 2011

foto de carnet

Supongo que es algo que a todo el mundo le ha pasado alguna vez: un día alguien cercano te dice que ha visto, o se ha cruzado, o ha conocido a alguien igualito que tú. Luego, en algún momento del futuro, serás tú quien se encuentre a esa persona, o bien os presentarán, o alguien te enseñará una foto. Y tal vez se deba tu orgullo herido, o a tu subconsciente que decide cegarte, o simplemente al hecho de que, bueno, tienes tu cara más vista que los demás y aprecias diferencias donde el resto de la gente no, pero el caso es que tu reacción será: "¿yo a ése? ¡una mierda!"

Pues el otro día me pasó justo al revés. Era el día que estrenaba mi flamante bono anual de Valenbisi, lo que significa que era la primera vez que montaba en bici desde hace… no sé, ¿diez? ¿quince años? Por lo menos. En esas circunstancias, mientras pedaleaba hacia la estación de tren, todo a mi alrededor parecía raro, nuevo y diferente: llámalo nervios, llámalo cansancio de recorrer cinco kilómetros en bici a las siete de la mañana, llámalo emoción por haber sobrevivido. Llámalo como quieras, pero el caso es que eso agravó todavía más la sensación tan extraña que tuve en el momento en que, al entrar en la estación y disponerme a comprar el billete, vi mi propia foto en el cristal de la taquilla, una foto de carnet mía al lado de un bonobús y otra tarjeta, como si a alguien se le hubieran caído del bolsillo y estuvieran esperando con paciencia el regreso de su dueño. Durante unos instantes, traté de imaginar todas las maneras posibles en que una foto mía podría haber llegado hasta ahí. Y, todo sea dicho, me imaginé maneras muy chungas.

Lo realmente jodido es que tuve que acercarme hasta casi darme contra el cristal y mirar la foto durante varios segundos más para darme cuenta de que, evidentemente, el de la foto no era yo. Y por mi parte sigo pensando que éramos igualitos, pero estoy seguro de que, sea quien sea, si al tipo de la foto le hubieran dicho que se parece a mí, hubiera respondido: "¿yo a ése? ¡una mierda!"

sábado, 24 de septiembre de 2011

en casa

Eva (Kike Maíllo, España, 2011)
Intruders (Juan Carlos Fresnadillo, España, 2011)
Angoixa (Bigas Luna, España, 1987)
Beyond the black rainbow (Panos Cosmatos, Canadá, 2011)
Contagion (Steven Soderbergh, Estados Unidos, 2011)
Hobo with a shotgun (Jason Eisener, Canadá, 2011)
The victim (Michael Biehn, Estados Unidos, 2011)
Attack the block (Joe Cornish, Reino Unido, 2011)
Jane Eyre (Cary Joji Fukunaga, Reino Unido, 2011)
Mientras duermes (Jaume Balagueró, España, 2011)
Inbred (Alex Chandon, Reino Unido y Alemania, 2011)
Rabies (kalevet) (Aharon Keshales, Navot Papushado, Israel, 2010)
Sudor frío (Adrián García Bogliano, Argentina, 2011)
Verbo (Eduardo Chapero-Jackson, España, 2011)
Another earth (Mike Cahill, Estados Unidos, 2011)

Esta es nuestra selección particular para el festival de Sitges 2011.

Quince películas en cuatro días es probablemente una locura, pero en ediciones anteriores hemos sobrevivido, y ahora somos más duros, más fuertes y más sabios. Sabemos a lo que nos enfrentamos y lo aceptamos con gusto. Hay que ver qué ganas tenemos de bajar del tren y pensar: estamos en casa.

sábado, 17 de septiembre de 2011

algo que celebrar

Hoy sólo escribo para decir una cosa: se acabaron los exámenes.

Sí, es una noticia digna de una entrada para ella sola porque, en este caso, lo que se ha acabado es el último periodo de exámenes de mi vida. Al menos en su sentido más estricto: tendré exámenes pronto y eso es tan obvio como que todavía me quedan asignaturas por aprobar, pero por su naturaleza y dispersión a lo largo del espacio-tiempo, el concepto de "periodo de exámenes" pierde gran parte de su carga semántica y no hay que tomárselo muy en serio, lo cual siempre es algo que celebrar.

Así que, por una vez, que viva el nuevo curso académico. Al menos el mío.

lunes, 5 de septiembre de 2011

del tiempo

Hay un montón de cosas que no me gustan del verano, pero una de las peores es, sin ninguna duda, el tiempo que transcurre entre que pido un café del tiempo (aclararé, por si acaso: con hielo y limón) y me lo sirven. Son minutos de incertidumbre, de múltiples posibilidades, de auténtico pánico.

No hay manera humana de predecir si lo van a servir largo o corto, con limón o sin él, o en el peor de los casos, ya preparado, recién sacado de la nevera. No entiendo que en muchos bares preparen una enorme jarra de café y la tengan en la nevera, por varios motivos.

El primero: como el zumo de naranja, el café tiene que tomarse recién hecho. Dice la leyenda que al zumo se le van las vitaminas; al café lo que se le va es la gracia. Si lleva horas ya hecho no es café, es una mierda de sabor rancio, como a plástico. El segundo: pocas cosas hay en este mundo tan personales como la cantidad de azúcar que se le echa al café. Por mi parte, soy de los de un sobre al café con leche, medio sobre al café solo. Probablemente para encubrir el sabor del que hablaba antes, el café del tiempo ya preparado lleva tanto azúcar que apenas sabe a nada más. Sospecho que los camareros, a la hora de prepararlo, se rigen por una proporción de un tercio de café, un tercio de hielo y un tercio de azúcar, y así sale el invento. Si no, no me lo explico. El tercero, y probablemente el más importante: prepararse un café del tiempo conlleva todo un pequeño ritual, cuyo punto álgido corresponde evidentemente con el momento de echar el café de la taza al vaso con hielo, todo un arte tan indomable como gratificante. A veces pienso que tomo café del tiempo sólo por ese momento. No me jodas, si me quitas eso me lo quitas todo. Bien podría pedirme una coca-cola. Puaj.

Podría ser más fácil si todos pusiéramos de nuestra parte, pero mira que llevo tiempo investigando en mis bares habituales y no hay manera, todos parecen seguir criterios totalmente arbitrarios: un día lo tienen ya en la nevera, al día siguiente te lo ponen como dios manda y si te da por preguntarles, se hacen los locos, o te ponen caras largas, a lo "mira al pijo este que si no es recién hecho no le sirve". Pues no, señor, no me sirve, por todo lo que he explicado arriba. En pleno siglo XXI y todavía no tenemos una Normativa Universal para la Preparación del Café del Tiempo.

Así vamos.

martes, 30 de agosto de 2011

silencio

Lo peor de ser (todavía a esta edad, ya me vale) estudiante es, pues eso, estudiar. Lo segundo peor es tener que encontrar un lugar donde hacerlo. Sigo refiriéndome a estudiar, eh.

El caso es que no hace mucho, en abril o mayo, inauguraron cerca de mi casa una nueva biblioteca pública. Vale, la función más elemental de una biblioteca no es dar cobijo al estudiante, pero por lo general se trata de un sitio amplio, con mesas, poco transitado y al que se le presupone una maravillosa cualidad muy poco frecuente: el silencio.

Así pues, como yo tenía exámenes en junio, decidí ir a ver qué tal se estudiaba allí. Nunca más, me dije después de un par de días. Pero soy débil y decidí darle otra oportunidad a principios de agosto, cuando empecé a prepararme los exámenes de septiembre. Espero no cometer el mismo error por tercera vez pero, por si acaso, aquí va, a modo de recordatorio para mi yo futuro, una breve lista de algunas de las cosas que he sufrido en esa biblioteca:

- niños y niñas llamando a gritos a sus madres,

- adultos comentando las últimas novedades literarias en voz alta,

- abuelos preguntando a gritos cómo sacarse el carnet de la biblioteca,

- bibliotecarias que responden al teléfono sin cortarse,

- adolescentes cuchicheando sin parar,

- señores que no silencian el móvil y responden sin problemas,

- alarmas estridentes que suenan a intervalos regulares durante lo que parece media vida,

- un campanario loco sonando a traición durante diez minutos seguidos,

- técnicos que usan taladradoras para instalar el aire acondicionado,

- y ventanas abiertas que dan a la plaza del pueblo, donde se suceden eventos tan interesantes como un mercadillo semanal, actos electorales que implican el himno del partido político de turno a todo volumen y en bucle, o peleas interraciales entre grupúsculos de niñatos.

Por todo esto, yo digo: sí a los tapones para los oídos. Y también digo: sí a las ametralladoras abriendo fuego a discreción.

miércoles, 24 de agosto de 2011

huertas

Hay una frontera invisible al final de mi calle, que separa la ciudad de las huertas que la rodean.

Cada día la atravieso varias veces cuando saco a pasear al perro, y durante una cantidad variable de minutos (diez, veinte, treinta, a veces más) entro en ese otro mundo paralelo del que por lo general sólo me separan unas pocas decenas de metros. Al otro lado de la frontera hace el mismo calor en verano (mucho) y el mismo frío en invierno (no tanto), el sol brilla igual y la lluvia sigue mojando, la gente también tiene dos ojos, dos piernas y dos brazos, y hablan el mismo idioma. La única diferencia está en que, al otro lado, todo el mundo te saluda.

Da igual que no os conozcáis de nada: te saludan. Da igual que os crucéis a diario por la calle o en el autobús y no os dirijáis la palabra: te saludan. Incluso da igual que su perro acabe de intentar matar al tuyo: ya lo he dicho, en la huerta todo el mundo te saluda.

Ah, el aire del campo.

viernes, 19 de agosto de 2011

nitidez

Ayer fuimos a ver Super 8, de J. J. Abrams. Tenía muchas ganas de verla, y un poco de miedo también, que con este hombre nunca se sabe.

El caso es que esta mañana, leyendo por ahí los comentarios y opiniones de la gente sobre la película, me he encontrado con alguien que criticaba lo que consideraba un fallo garrafal, algo que no le gustó nada. Decía que cuando los protagonistas ven una de sus grabaciones caseras en súper 8, las imágenes proyectadas se ven con mucha más nitidez de la que realmente se corresponde con el formato. Que, de ser reales, esas proyecciones se hubieran visto mucho peor. Que queda muy falso y es muy cutre. Que no cuela.

Es un ejemplo perfecto de cómo, muchas veces, al hablar sobre algo, estás diciendo más sobre ti mismo que sobre ese algo.