miércoles, 8 de febrero de 2012

catorce

Han pasado catorce semanas desde que aparecí por aquí por última vez, y lo último que dije fue:

“Igual muero, quién sabe. Si no se da el caso, seguiré informando”.

No se ha dado el caso, así que aquí estoy. No aquí por mucho tiempo, de todos modos. Tal día como hoy dentro de tres semanas saldré rumbo a Madrid, para llegar veinticuatro horas después a Atenas, donde, si todo marcha según lo previsto, viviré durante los siguientes cuatro meses. A experimentar, si hacemos caso a los medios de comunicación, el colapso del capitalismo en primera fila. Un rollo muy Tyler Durden.

Eso mirando adelante. Mirando atrás, durante estos últimos dos meses y medio he terminado mi estancia en prácticas, he fallado en mi primera participación en el NaNoWriMo, me he enganchado al chai latte, he seguido amando mi Kindle y a Thursday Next, he descubierto a Miguel Noguera, he ido a un concierto de Sr. Chinarro y lo he contado, y he llevado a revelar, con mucho retraso, las fotos que hice en Sitges con la Konica C35 EF que me prestó mi hermano. El resultado está a medio camino entre lo gore, lo retro y lo kitsch… es decir, puro festival de Sitges. Me gusta especialmente la última, un momento mágico, pillado de rebote, muy detrás-de-las-cámaras.











martes, 1 de noviembre de 2011

nanowrimo

Hoy es uno de noviembre, aunque tal vez te parezca una afirmación atrevida si miras por la ventana o sales a la calle, con ese sol y esas temperaturas. El caso es que es uno de noviembre, maldito sea el clima de agosto, y eso significa que hoy da comienzo la decimotercera edición del NaNoWriMo, que viene a ser el acrónimo de National Novel Writing Month, una iniciativa tan absurda como divertida que consiste en tratar de escribir una novela de al menos cincuenta mil palabras durante el mes de noviembre. Y ya está, no hay más.

Habrá quien piense que es una tontería enorme y una pérdida de tiempo, a quien no le atraiga lo de que prime la cantidad sobre la calidad o que el único premio sea la satisfacción de superar un reto autoimpuesto. Pero no sé, a los que somos fáciles de convencer nos resulta más que suficiente. Se coge una idea vaga como "algún día me gustaría escribir un libro", se le pone un nombre rimbombante, se oficializa con un poco de gracia y una página web y de pronto te encuentras con un proyecto de más de una década de vida y que en su última edición tuvo doscientos mil participantes, treinta mil de los cuales completaron sus respectivas treinta mil novelas. No está mal, ¿eh? Bravo, internet.

No conocí el NaNoWriMo hasta el año pasado a mediados de noviembre, cuando ya era imposible participar sin despedirse para siempre de la cordura, por lo que lo dejé estar. Así que, por supuesto, este año sí voy a participar. He empezado esta tarde, en realidad. Este año va a ser más difícil de lo que hubiera sido el pasado o el anterior, pero puesto que ya estoy empezando a dar por perdido una vez más el desafío de los cincuenta libros, no está de más tener otro proyecto en el que depositar mis esfuerzos.

Para hacerlo más divertido/estúpido/frustrante/torturador, he decidido hacer ayuno de ocio más allá del papel: nada de series ni cine en noviembre (me veo obligado a especificar series y cine porque el viernes 18 sale a la venta The Legend of Zelda: Skyward Sword y dudo que sea capaz de privarme de eso). De forma que, en teoría, durante lo que resta de mes dividiré mi tiempo entre necesidades fisiológicas (dormir, comer y, bueno, esas cosas desagradables que implica necesariamente comer), necesidades académicas (mi estancia en prácticas en el festival de mediometrajes La Cabina, ¡viva!) y necesidades nanowrimísticas (escribir y leer, exclusivamente).

Igual muero, quién sabe. Si no se da el caso, seguiré informando.

miércoles, 12 de octubre de 2011

"No estoy loco, simplemente... bien, soy moralmente diferente, eso es todo."
Acheron Hades (El caso Jane Eyre, Jasper Fforde)

jueves, 6 de octubre de 2011

foto de carnet

Supongo que es algo que a todo el mundo le ha pasado alguna vez: un día alguien cercano te dice que ha visto, o se ha cruzado, o ha conocido a alguien igualito que tú. Luego, en algún momento del futuro, serás tú quien se encuentre a esa persona, o bien os presentarán, o alguien te enseñará una foto. Y tal vez se deba tu orgullo herido, o a tu subconsciente que decide cegarte, o simplemente al hecho de que, bueno, tienes tu cara más vista que los demás y aprecias diferencias donde el resto de la gente no, pero el caso es que tu reacción será: "¿yo a ése? ¡una mierda!"

Pues el otro día me pasó justo al revés. Era el día que estrenaba mi flamante bono anual de Valenbisi, lo que significa que era la primera vez que montaba en bici desde hace… no sé, ¿diez? ¿quince años? Por lo menos. En esas circunstancias, mientras pedaleaba hacia la estación de tren, todo a mi alrededor parecía raro, nuevo y diferente: llámalo nervios, llámalo cansancio de recorrer cinco kilómetros en bici a las siete de la mañana, llámalo emoción por haber sobrevivido. Llámalo como quieras, pero el caso es que eso agravó todavía más la sensación tan extraña que tuve en el momento en que, al entrar en la estación y disponerme a comprar el billete, vi mi propia foto en el cristal de la taquilla, una foto de carnet mía al lado de un bonobús y otra tarjeta, como si a alguien se le hubieran caído del bolsillo y estuvieran esperando con paciencia el regreso de su dueño. Durante unos instantes, traté de imaginar todas las maneras posibles en que una foto mía podría haber llegado hasta ahí. Y, todo sea dicho, me imaginé maneras muy chungas.

Lo realmente jodido es que tuve que acercarme hasta casi darme contra el cristal y mirar la foto durante varios segundos más para darme cuenta de que, evidentemente, el de la foto no era yo. Y por mi parte sigo pensando que éramos igualitos, pero estoy seguro de que, sea quien sea, si al tipo de la foto le hubieran dicho que se parece a mí, hubiera respondido: "¿yo a ése? ¡una mierda!"

sábado, 24 de septiembre de 2011

en casa

Eva (Kike Maíllo, España, 2011)
Intruders (Juan Carlos Fresnadillo, España, 2011)
Angoixa (Bigas Luna, España, 1987)
Beyond the black rainbow (Panos Cosmatos, Canadá, 2011)
Contagion (Steven Soderbergh, Estados Unidos, 2011)
Hobo with a shotgun (Jason Eisener, Canadá, 2011)
The victim (Michael Biehn, Estados Unidos, 2011)
Attack the block (Joe Cornish, Reino Unido, 2011)
Jane Eyre (Cary Joji Fukunaga, Reino Unido, 2011)
Mientras duermes (Jaume Balagueró, España, 2011)
Inbred (Alex Chandon, Reino Unido y Alemania, 2011)
Rabies (kalevet) (Aharon Keshales, Navot Papushado, Israel, 2010)
Sudor frío (Adrián García Bogliano, Argentina, 2011)
Verbo (Eduardo Chapero-Jackson, España, 2011)
Another earth (Mike Cahill, Estados Unidos, 2011)

Esta es nuestra selección particular para el festival de Sitges 2011.

Quince películas en cuatro días es probablemente una locura, pero en ediciones anteriores hemos sobrevivido, y ahora somos más duros, más fuertes y más sabios. Sabemos a lo que nos enfrentamos y lo aceptamos con gusto. Hay que ver qué ganas tenemos de bajar del tren y pensar: estamos en casa.

sábado, 17 de septiembre de 2011

algo que celebrar

Hoy sólo escribo para decir una cosa: se acabaron los exámenes.

Sí, es una noticia digna de una entrada para ella sola porque, en este caso, lo que se ha acabado es el último periodo de exámenes de mi vida. Al menos en su sentido más estricto: tendré exámenes pronto y eso es tan obvio como que todavía me quedan asignaturas por aprobar, pero por su naturaleza y dispersión a lo largo del espacio-tiempo, el concepto de "periodo de exámenes" pierde gran parte de su carga semántica y no hay que tomárselo muy en serio, lo cual siempre es algo que celebrar.

Así que, por una vez, que viva el nuevo curso académico. Al menos el mío.

lunes, 5 de septiembre de 2011

del tiempo

Hay un montón de cosas que no me gustan del verano, pero una de las peores es, sin ninguna duda, el tiempo que transcurre entre que pido un café del tiempo (aclararé, por si acaso: con hielo y limón) y me lo sirven. Son minutos de incertidumbre, de múltiples posibilidades, de auténtico pánico.

No hay manera humana de predecir si lo van a servir largo o corto, con limón o sin él, o en el peor de los casos, ya preparado, recién sacado de la nevera. No entiendo que en muchos bares preparen una enorme jarra de café y la tengan en la nevera, por varios motivos.

El primero: como el zumo de naranja, el café tiene que tomarse recién hecho. Dice la leyenda que al zumo se le van las vitaminas; al café lo que se le va es la gracia. Si lleva horas ya hecho no es café, es una mierda de sabor rancio, como a plástico. El segundo: pocas cosas hay en este mundo tan personales como la cantidad de azúcar que se le echa al café. Por mi parte, soy de los de un sobre al café con leche, medio sobre al café solo. Probablemente para encubrir el sabor del que hablaba antes, el café del tiempo ya preparado lleva tanto azúcar que apenas sabe a nada más. Sospecho que los camareros, a la hora de prepararlo, se rigen por una proporción de un tercio de café, un tercio de hielo y un tercio de azúcar, y así sale el invento. Si no, no me lo explico. El tercero, y probablemente el más importante: prepararse un café del tiempo conlleva todo un pequeño ritual, cuyo punto álgido corresponde evidentemente con el momento de echar el café de la taza al vaso con hielo, todo un arte tan indomable como gratificante. A veces pienso que tomo café del tiempo sólo por ese momento. No me jodas, si me quitas eso me lo quitas todo. Bien podría pedirme una coca-cola. Puaj.

Podría ser más fácil si todos pusiéramos de nuestra parte, pero mira que llevo tiempo investigando en mis bares habituales y no hay manera, todos parecen seguir criterios totalmente arbitrarios: un día lo tienen ya en la nevera, al día siguiente te lo ponen como dios manda y si te da por preguntarles, se hacen los locos, o te ponen caras largas, a lo "mira al pijo este que si no es recién hecho no le sirve". Pues no, señor, no me sirve, por todo lo que he explicado arriba. En pleno siglo XXI y todavía no tenemos una Normativa Universal para la Preparación del Café del Tiempo.

Así vamos.

martes, 30 de agosto de 2011

silencio

Lo peor de ser (todavía a esta edad, ya me vale) estudiante es, pues eso, estudiar. Lo segundo peor es tener que encontrar un lugar donde hacerlo. Sigo refiriéndome a estudiar, eh.

El caso es que no hace mucho, en abril o mayo, inauguraron cerca de mi casa una nueva biblioteca pública. Vale, la función más elemental de una biblioteca no es dar cobijo al estudiante, pero por lo general se trata de un sitio amplio, con mesas, poco transitado y al que se le presupone una maravillosa cualidad muy poco frecuente: el silencio.

Así pues, como yo tenía exámenes en junio, decidí ir a ver qué tal se estudiaba allí. Nunca más, me dije después de un par de días. Pero soy débil y decidí darle otra oportunidad a principios de agosto, cuando empecé a prepararme los exámenes de septiembre. Espero no cometer el mismo error por tercera vez pero, por si acaso, aquí va, a modo de recordatorio para mi yo futuro, una breve lista de algunas de las cosas que he sufrido en esa biblioteca:

- niños y niñas llamando a gritos a sus madres,

- adultos comentando las últimas novedades literarias en voz alta,

- abuelos preguntando a gritos cómo sacarse el carnet de la biblioteca,

- bibliotecarias que responden al teléfono sin cortarse,

- adolescentes cuchicheando sin parar,

- señores que no silencian el móvil y responden sin problemas,

- alarmas estridentes que suenan a intervalos regulares durante lo que parece media vida,

- un campanario loco sonando a traición durante diez minutos seguidos,

- técnicos que usan taladradoras para instalar el aire acondicionado,

- y ventanas abiertas que dan a la plaza del pueblo, donde se suceden eventos tan interesantes como un mercadillo semanal, actos electorales que implican el himno del partido político de turno a todo volumen y en bucle, o peleas interraciales entre grupúsculos de niñatos.

Por todo esto, yo digo: sí a los tapones para los oídos. Y también digo: sí a las ametralladoras abriendo fuego a discreción.

miércoles, 24 de agosto de 2011

huertas

Hay una frontera invisible al final de mi calle, que separa la ciudad de las huertas que la rodean.

Cada día la atravieso varias veces cuando saco a pasear al perro, y durante una cantidad variable de minutos (diez, veinte, treinta, a veces más) entro en ese otro mundo paralelo del que por lo general sólo me separan unas pocas decenas de metros. Al otro lado de la frontera hace el mismo calor en verano (mucho) y el mismo frío en invierno (no tanto), el sol brilla igual y la lluvia sigue mojando, la gente también tiene dos ojos, dos piernas y dos brazos, y hablan el mismo idioma. La única diferencia está en que, al otro lado, todo el mundo te saluda.

Da igual que no os conozcáis de nada: te saludan. Da igual que os crucéis a diario por la calle o en el autobús y no os dirijáis la palabra: te saludan. Incluso da igual que su perro acabe de intentar matar al tuyo: ya lo he dicho, en la huerta todo el mundo te saluda.

Ah, el aire del campo.

viernes, 19 de agosto de 2011

nitidez

Ayer fuimos a ver Super 8, de J. J. Abrams. Tenía muchas ganas de verla, y un poco de miedo también, que con este hombre nunca se sabe.

El caso es que esta mañana, leyendo por ahí los comentarios y opiniones de la gente sobre la película, me he encontrado con alguien que criticaba lo que consideraba un fallo garrafal, algo que no le gustó nada. Decía que cuando los protagonistas ven una de sus grabaciones caseras en súper 8, las imágenes proyectadas se ven con mucha más nitidez de la que realmente se corresponde con el formato. Que, de ser reales, esas proyecciones se hubieran visto mucho peor. Que queda muy falso y es muy cutre. Que no cuela.

Es un ejemplo perfecto de cómo, muchas veces, al hablar sobre algo, estás diciendo más sobre ti mismo que sobre ese algo.